El príncipe de
Bagdad estaba muy enamorado de su hermosa, pero caprichosa esposa. En una
ocasión la mujer le pidió comer manzanas, a lo que su marido le contestó que
era imposible ya que no era época de esa fruta. La princesa insistió pero el
hombre no podía hacer nada, así que le pidió esperar, pero ella no estaba
dispuesta, por lo que le aseguró no volver a compartir su habitación con él
hasta que fuera época de manzanas. Desesperado, el príncipe ordenó que
buscaran por todas partes lo que su amada deseaba.
Cien hombres
fueron mandados, pero solo uno, que había acudido a un mago, regresó con tres
manzanas (rojas, verdes y amarillas). El príncipe se las llevó a su mujer, pero
el capricho se le había ido así que dejó las manzanas sobre la mesa.
Al día
siguiente fue al puerto, un marino llevaba consigo una manzana amarilla, que,
según decía, había sido un regalo de su amada.
El príncipe,
comprobando que a su mujer le faltaba la manzana amarilla, la acusó y la echó
del palacio. No fue hasta que habló con su hija que lloraba y una criada que
descubrió la inocencia de su esposa, y el error que había cometido él al
acusarla sin pruebas reales.
Pero ya era
tarde, ella había subido a un barco con su nuevo amante, ahora sí, el marino.
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